Aunque su vida profesional estuvo ligada a otros ámbitos, su verdadera vocación ha sido la de «arqueólogo de lo cotidiano». Lo que comenzó como una curiosidad infantil al rescatar una vieja foto escolar, se convirtió en una misión de vida: evitar que el progreso y el asfalto borraran las raíces de su pueblo.
Hoy, con un archivo digital que supera las 100.000 imágenes y una biblioteca mental llena de anécdotas sobre la Guerra Civil, la agricultura de la espinaca y los antiguos linajes locales, Pepe sigue recorriendo las calles con la misma curiosidad que aquel niño de diez años que se sentaba a escuchar al zapatero. No es solo un cronista; es el puente necesario entre la Seseña que fue y la que aspira a ser.
¿Cómo nace este interés por rescatar el pasado?
Todo empezó con una fotografía escolar que encontré cuando era niño. Al ver las caras de mis amigos —algunos ya desaparecidos— y fotos antiguas de mis padres y hermanos, sentí la necesidad de empezar a recopilar imágenes familiares. Con el tiempo, esa curiosidad se extendió a todo el municipio.
Ese fue el punto de inflexión donde comprendió que ese legado no podía perderse.
Exacto. Empecé con mi familia y luego los vecinos comenzaron a confiarme las fotos de sus antepasados. Yo nací en 1951, una época en la que los niños vivíamos en la calle, jugando al escondite o a la pelota. Conocía cada rincón de Seseña, desde las familias más acomodadas hasta quienes vivían en las cuevas. Esa cercanía con todo el mundo me permitió acceder a historias que, de otro modo, se habrían olvidado.
P: Su labor va más allá de lo visual; ha profundizado en los orígenes remotos del pueblo.
Mi curiosidad siempre ha sido el «porqué» de las cosas. Investigando, descubrí que Seseña tiene raíces prerromanas; aquí vivieron los carpetanos. En la zona de La Boleta, por ejemplo, los jóvenes jugábamos en unos silos que originalmente servían para guardar el grano en época carpetana. Incluso he localizado documentos que mencionan a un obispo nacido en Sisifinia (el antiguo nombre de Seseña) en el año 366.
¿Cómo es el proceso de investigación de un cronista local?
Es una mezcla de archivos y memoria oral. He pasado años preguntando a los mayores y contrastando esos testimonios con libros y documentos. Así descubrí figuras fascinantes, como don Andrés de la Orden, un catedrático nacido en 1813 que fue pionero en el uso de la anestesia, o Francisco Pastrana, un militar que luchó en Flandes y en la Guerra de los Comuneros.
Hablando de descubrimientos curiosos, Seseña destaca por su patrimonio subterráneo.
Así es. Es sorprendente que, sin ser una zona de grandes viñedos actuales, Seseña albergue más de cuatro kilómetros de bodegas subterráneas. De niño recuerdo que se usaban para cultivar champiñones. Bajábamos a las cuevas y nos fascinaba ver cómo los trabajadores se iluminaban con lámparas de carburo. A los chavales nos gustaba coger los restos de carburo, meterlos en botes con agua y hacerlos explotar por la presión. Eran nuestras travesuras de la época.
La identidad de un pueblo está en sus raíces, y mi labor es asegurar que esas raíces no se sequen».
Usted también organiza rutas históricas, como la famosa «Ruta de las Brujas». ¿De dónde surge esa leyenda?
Seseña llegó a tener unas 250 cuevas habitadas. La leyenda de las brujas nace de una realidad social: tras las guerras, muchas mujeres quedaban viudas y sin tierras. Para subsistir, algunas recurrían a la sanación o a prácticas que se tildaban de brujería. Existía una gruta de cinco metros de altura donde se decía que realizaban aquelarres cuando la luna pasaba por un respiradero superior. Hoy, gracias a esa labor de divulgación, el ayuntamiento ha nombrado oficialmente un callejón como el «Callejón de las Brujas».
Uno de los episodios más crudos de nuestra historia es la Guerra Civil. ¿Qué papel jugó Seseña?
Seseña fue frente de guerra desde 1936 hasta 1940. Somos tristemente famosos porque aquí se empleó por primera vez el cóctel molotov contra los carros de combate. En la plaza del pueblo, los milicianos utilizaron botellas de gasolina —que entonces se vendía en los bares para los mecheros de los campesinos— para frenar el avance de los blindados.
Tras décadas de cambios, ¿Qué queda de la Seseña agrícola de su infancia?
Ha cambiado radicalmente. En los años 60 y 70 vivíamos exclusivamente de la agricultura, sobre todo de la espinaca, que se enviaba a Madrid. El gran «boom» industrial llegó en los 80. Al estar en la frontera con Madrid pero perteneciendo a Toledo, los impuestos eran más baratos y muchas fábricas se instalaron aquí.
¿Siente que las nuevas generaciones valoran este esfuerzo por mantener viva la historia?
A los jóvenes les interesa cuando descubren el porqué de su entorno. Actualmente estoy trabajando en un archivo de nombres antiguos y raros que se han perdido. También conservo más de 100.000 fotografías digitalizadas. Mi mayor satisfacción es que, cuando cuento algo, es porque lo tengo documentado. No son invenciones; es la verdad de nuestro pueblo.
Para terminar, ¿Qué le diría a alguien que visita Seseña por primera vez?
Le diría que no olvide mirar al suelo y al pasado. Bajo estas calles hay kilómetros de historia, cuevas y relatos de gente valiente. La identidad de un pueblo está en sus raíces, y mi labor es asegurar que esas raíces no se sequen.



